
Con el respaldo del PRO, la UCR y el MID, el oficialismo logró la sanción del texto, aunque con modificaciones. Ahora la Cámara alta deberá volver a debatirlo.


Tras la suba del dólar a $1.450 y la derrota electoral del oficialismo en la provincia de Buenos Aires, los barrios de Zona Sur enfrentan aumentos de entre 7% y 20% en alimentos básicos.
Actualidad 10/09/2025
Por Mariela Gabriela Duarte
Caída de consumo y crisis social en ciernes
La crisis golpea con fuerza a comercios y pymes, mientras la venta de pan cayó un 50% en la provincia, reflejando la profundidad de un malestar social que ya no se puede esconder.
La corrida del dólar no solo reconfigura el tablero político: también reordena, con crudeza, la mesa de los hogares del Conurbano. En los barrios populares de la zona sur, la suba de la divisa a $1.450 se tradujo en aumentos inmediatos en góndolas y almacenes. Carne, pan, leche, azúcar y aceite volvieron a marcar precios de espanto: entre 7% y 20% de aumento en apenas días. Para la mayoría de las familias, cada compra se volvió una pulseada desigual contra una inflación que no da tregua.
Zona Sur concentra parte del corazón productivo y obrero de la provincia, pero también arrastra vulnerabilidad social. Hoy, ese territorio está en el ojo del huracán: vecinos de Lomas, Quilmes, Florencio Varela, Guernica, Lanús o Esteban Echeverría relatan la misma postal —los precios cambian de una mañana a otra, comerciantes suspenden ventas porque no saben qué cobrar y en muchos negocios ya faltan lácteos, azúcar y harina.
La devaluación no solo es un dato de mercado: es un fenómeno que se vive en la fila del almacén. La falta de precios empuja a la parálisis comercial. El 64% de los pequeños comercios encuestados en barrios populares admitió haber frenado ventas por no tener referencia de costos. Y más de la mitad reconoce faltantes en productos básicos. Lo que antes era un cálculo apretado de changas y salarios informales para llegar a fin de mes, hoy se convierte en un rompecabezas imposible.
El pan como termómetro social
Si hay un indicador que desnuda la profundidad de la crisis es el consumo de pan. En la provincia de Buenos Aires, la Federación de Panaderos alertó que en los últimos 18 meses cerraron 14.000 panaderías. Solo seis de cada diez hornos siguen funcionando, y de esos, apenas la mitad mantiene la producción activa. El resultado: una caída del 50% en el consumo de pan, el alimento más básico en la mesa argentina.
Ese dato no es menor. El pan siempre fue una vara para medir la pobreza: cuando falta en la mesa, es porque la crisis dejó de ser coyuntura y se volvió estructura. Lo que hoy se ve en las panaderías del sur del Conurbano es la foto exacta de la desigualdad: mientras un sector de clase media urbana aprovecha el “dólar barato” para llenar valijas de importados, en barrios como Varela o Lomas se estira el kilo de pan de $2.600 a $2.800 para rendir más en la mesa familiar.
La caída del consumo no se explica solo por los precios: detrás hay salarios congelados, empleos informales inestables y un escenario de recesión que corta el crédito a pymes y ahoga a comerciantes. El presidente del Centro de Panaderos lo dijo sin eufemismos: producir cada vez cuesta más y los trabajadores ya no tienen con qué comprar. El sur, que alguna vez fue motor industrial, hoy es el escenario donde el malestar social encuentra su forma más tangible.
Comercios en jaque y un caldo que se calienta
Las pymes de la región, responsables de la mayoría del empleo local, viven una tormenta perfecta: caída de ventas, tarifas en alza y un dólar que sube mientras sus insumos se encarecen en tiempo real. En ese contexto, cada comercio que baja la persiana no solo significa menos producción: significa familias enteras que pierden su fuente de ingreso.
El sur del Conurbano ya conoció estas dinámicas: cierre de fábricas, despidos en cascada, mercados ilegales ganando espacio. Hoy, la postal se repite con una velocidad mayor. La venta ilegal callejera creció 10% en un mes, con un dato que alarma: casi la mitad de lo que se vende en la calle son alimentos. Esa escena desnuda la precariedad del modelo: la comida circula más en la feria informal que en las góndolas de un supermercado.
El problema no es solo económico: es político. La derrota del gobierno en la provincia de Buenos Aires mostró que la economía real ya no sostiene ni expectativas ni promesas. El votante castigó con el mismo argumento que lleva al vecino a comprar segundas marcas de galletitas para reemplazar la cena: el ajuste cayó sobre los que menos tienen, y la paciencia tiene un límite.
El malestar social no necesita discursos grandilocuentes para explicarse: se mide en changuitos vacíos, en hornos apagados, en la bronca que crece en las colas del colectivo. El sur del Conurbano late como un termómetro adelantado: lo que pasa allí, se expande luego al resto del país. Y ese caldo ya está empezando a hervir.
El final es claro: la economía política no se discute en un excel ni en las redes. Se discute en la vereda del almacén, donde la bronca se multiplica. Mientras un sector celebra la importación de productos baratos, el sur del Conurbano soporta la peor cara del ajuste. Y cuando la olla se vacía en la mesa familiar, lo que se llena es la calle. Cuidado con joder con el Conurbano Sur. Y lo están haciendo.
En 18 meses cerraron 14.000 panaderías en la provincia de Buenos Aires. El consumo de pan cayó un 50%, síntoma de una crisis estructural.

Con el respaldo del PRO, la UCR y el MID, el oficialismo logró la sanción del texto, aunque con modificaciones. Ahora la Cámara alta deberá volver a debatirlo.

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