
En un año murieron 147 personas sin techo

Un sistema que descarta humanos
Dormir en la calle en Argentina puede ser una condena de muerte. No es metáfora: en los últimos doce meses, 147 personas que vivían a la intemperie fallecieron, según el relevamiento del Registro Único de Violencias (RUV), impulsado por investigadores de la UBA junto a organizaciones sociales.
De ese total, 50 muertes ocurrieron en noches de frío extremo, cuando el cuerpo humano no aguanta la intemperie y el abrigo escaso se vuelve insuficiente.
El informe se presentó por cuarto año consecutivo y confirma una tendencia amarga: el número de vidas perdidas crece. En 2023 habían sido 135; este año, 12 más. La geografía del drama es amplia: 21 de las 24 jurisdicciones del país registraron fallecimientos. La Ciudad de Buenos Aires encabeza con 28 casos, seguida por la Provincia de Buenos Aires (25) y las ciudades de Mendoza y Salta (13 cada una).
El mapa del abandono
La metodología combina denuncias de ONG, grupos barriales y cobertura periodística. No son estadísticas oficiales, porque el Estado no lleva este conteo de manera sistemática. La consecuencia es doble: se sabe que el número real probablemente sea mayor, y al mismo tiempo se naturaliza que morir en la calle sea un dato suelto, nunca una política pública.
De los 147 fallecidos, solo 91 pudieron ser identificados con nombre y apellido. El resto quedó reducido a una cifra. Esa es otra cara de la pobreza extrema: la muerte anónima, sin duelo ni registro, como si nunca hubiesen existido.
El relevamiento también mide violencias. En el mismo período, 345 agresiones fueron registradas contra personas en situación de calle, que afectaron al menos a 575 personas. Se trata de tres tipos de violencia: institucional, ejercida por fuerzas de seguridad o funcionarios; social, de ciudadanos comunes; y estructural, vinculada al contexto mismo de desamparo.
La Ciudad de Buenos Aires figura al tope, con 80 hechos. Salta le sigue con 52 y la Provincia con 49, casi la mitad en Mar del Plata.
El frío y la intemperie como verdugos
La investigadora del Conicet Jorgelina Di Iorio, a cargo del estudio, advierte que “aunque no estén claras todas las causas de muerte, la concentración de casos en noches de frío extremo es alarmante”.
Es lógico: dormir a la intemperie multiplica los riesgos de enfermedades respiratorias, hipotermia y paro cardíaco. La solidaridad vecinal o las rondas de sopa caliente no alcanzan frente a temperaturas bajo cero.
Las postales son conocidas en el conurbano y las grandes ciudades: cuerpos tapados con frazadas finas, cartones que apenas frenan el viento, y refugios improvisados en estaciones de tren o bancos de plaza. Cada invierno se organizan colectas de ropa de abrigo y campañas de visibilización, pero el registro muestra que eso no detiene la curva.
El precio en vidas de la pobreza
El dato duro es que la pobreza mata. Y lo hace en silencio, de madrugada, sin sirenas ni cámaras. El RUV visibiliza lo que el Estado omite: que cada muerte en la calle es una derrota colectiva.
No son “casos aislados”, son la consecuencia de un entramado social que expulsa y luego ignora.
Los investigadores insisten en que no se trata solo de contar fallecimientos, sino de encender alarmas sobre políticas de vivienda, salud y asistencia. Porque lo que aparece en las cifras es apenas la punta del iceberg: debajo hay miles de personas que sobreviven en condiciones de vulnerabilidad extrema, expuestas al frío, a la violencia y al olvido.
















