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title: "La bomba bonaerense: qué pasaría si Provincia empieza a cobrarle a CABA el costo de enterrar su basura"
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description: "Jorge Macri endurece restricciones para quienes llegan desde el Conurbano, pero la Ciudad mantiene dependencias metropolitanas difíciles de esconder. La disposición de residuos en territorio bonaerense puede convertirse en la respuesta política más incómoda."
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date_published: "2026-08-13T08:20:00-03:00"
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# La bomba bonaerense: qué pasaría si Provincia empieza a cobrarle a CABA el costo de enterrar su basura

![NOTA 1](/download/multimedia.normal.ad269a3103bb97ae.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)La política de Jorge Macri hacia el Conurbano dejó de ser una suma de medidas aisladas para convertirse en un método. El jefe de Gobierno porteño construye una frontera simbólica alrededor de la General Paz mientras su Ciudad depende todos los días de cientos de miles de bonaerenses para trabajar, producir, consumir, atender comercios y sostener servicios.

El mensaje es curioso: para entrar a trabajar, bienvenidos; para acceder en igualdad de condiciones a determinados beneficios, mejor mostrar domicilio.

La última pieza fue la eliminación del descuento de la Red SUBE para quienes llegan desde el Gran Buenos Aires en tren y combinan con el subte. El segundo tramo dejó de recibir la bonificación del 50% y el pasajero paga la tarifa completa, cercana a $1.700. No es un detalle para aproximadamente 1,2 millones de personas que cruzan diariamente desde territorio bonaerense hacia CABA por razones laborales.

El transporte tiene una particularidad que vuelve especialmente regresiva la decisión: no admite demasiadas estrategias defensivas. Una familia puede reemplazar una marca de fideos, suspender una salida o comprar menos carne. El trabajador de Merlo, Quilmes o Florencio Varela que tiene su empleo en Microcentro no puede reemplazar el viaje por una promoción del supermercado.

La medida se integra a una secuencia. El decreto de "Prioridad Porteña" estableció preferencia para residentes de CABA en determinados trámites y servicios programados. En salud, las emergencias siguen garantizadas, pero los turnos ordinarios quedaron sujetos a un criterio que privilegia primero al vecino porteño. El Ecoparque también pasó a cobrar cerca de $9.871 a quienes no tengan domicilio en la Ciudad, con las excepciones correspondientes.

Hasta allí podría discutirse una concepción restrictiva de cómo debe administrar CABA sus recursos. Pero aparece además un proyecto mucho más revelador: trasladar fuera de la Ciudad algunos Centros de Inclusión Social destinados a personas en situación de calle. La idea provocó pedidos de informes en la Legislatura y expuso una contradicción bastante elegante en su brutalidad: el problema social existe dentro de CABA, pero la solución podría mudarse al otro lado de la General Paz.

Una capital que necesita al territorio que desprecia

La estrategia tiene lógica electoral. Jorge Macri necesita construir identidad propia en un escenario donde el PRO tradicional perdió centralidad y La Libertad Avanza disputa al mismo electorado. El Conurbano funciona entonces como contraste perfecto: inseguridad, pobreza, desorden urbano, clientelismo y deterioro aparecen proyectados sobre un territorio exterior contra el cual la Ciudad puede presentarse como excepción.

Pero esa construcción tiene un defecto material: Buenos Aires no termina en la General Paz cuando comienza la jornada laboral.

El AMBA es una única economía metropolitana dividida administrativamente. Personas, mercadería, capitales, residuos, agua, electricidad, colectivos y empresas atraviesan jurisdicciones todos los días. La Ciudad puede levantar fronteras discursivas, pero su economía las derriba antes del desayuno.

Y existe una dependencia mucho menos glamorosa que los edificios de Catalinas o los restaurantes de Palermo: la basura.

Desde fines de los años setenta, CABA dejó atrás el sistema de grandes basurales e incineración que tuvo uno de sus símbolos en La Quema, en el sur porteño. El esquema metropolitano desarrollado posteriormente trasladó buena parte de la disposición final hacia instalaciones del CEAMSE ubicadas en territorio bonaerense.

Hoy, una enorme proporción de los residuos porteños termina en el complejo ambiental Norte III, en San Martín.

Ese dato reabre una discusión que comenzó meses atrás cuando el gobierno de Axel Kicillof respondió a la "Prioridad Porteña". Carlos Bianco puso sobre la mesa una pregunta incómoda: si CABA empieza a contabilizar qué servicios presta a quienes llegan desde Provincia, ¿por qué Buenos Aires no debería contabilizar el costo territorial y ambiental de recibir durante décadas los residuos de la Capital?

No existe una factura sencilla para cuarenta años de disposición final. Hay terrenos utilizados, externalidades ambientales, infraestructura, tránsito pesado y territorios que dejaron de tener otros usos posibles. Mientras tanto, la Ciudad pudo liberar suelo propio y aumentar enormemente el valor urbano de áreas que alguna vez convivieron con basurales.

La bomba que nadie quiere detonar

Aquí empieza la parte incómoda para ambos gobiernos. La Provincia no puede simplemente cerrar una tranquera mañana y devolver camiones cargados de basura como si CEAMSE fuera un comercio particular. El sistema tiene una estructura interjurisdiccional, contratos, obligaciones ambientales y una arquitectura institucional que obliga a negociar cualquier modificación seria.

Pero Buenos Aires sí puede abrir políticamente el debate sobre capacidad disponible, impacto ambiental, compensaciones económicas y condiciones futuras para seguir recibiendo residuos porteños. Y los complejos de disposición final tampoco poseen capacidad infinita. Eso cambia la relación de fuerzas.

Hasta ahora, Jorge Macri pudo construir una política activa sobre los bonaerenses mientras del otro lado predominaba una respuesta discursiva. La lógica podría modificarse si la Provincia comienza a revisar servicios metropolitanos en los que CABA depende físicamente del territorio bonaerense.

La basura es el ejemplo más explosivo porque permite llevar el argumento hasta el absurdo. ¿Qué ocurriría si algún día Buenos Aires dijera que sus rellenos están saturados y que priorizará sus propias necesidades ambientales? ¿Dónde pondría CABA miles de toneladas diarias de residuos?

La respuesta no sería volver literalmente a La Quema de Soldati. Buenos Aires 2026 no permite semejante disparate sanitario. Precisamente por eso la pregunta funciona: la Ciudad necesita cooperación metropolitana tanto como el Conurbano necesita a la Ciudad. Ese es el punto que la política identitaria de Jorge Macri intenta borrar.

CABA es autónoma, pero también es la Capital de la República y el centro de una región urbana de más de quince millones de habitantes. Sus hospitales, universidades, empresas, teatros, oficinas y sistemas de transporte no existen dentro de una pecera. Del mismo modo, el Conurbano recibe beneficios económicos enormes de su integración con la Ciudad.

El problema comienza cuando esa interdependencia se narra en una sola dirección: el bonaerense aparece como alguien que viene a utilizar recursos porteños, mientras desaparecen de la fotografía su trabajo, su consumo, los residuos que recibe su territorio y las infraestructuras metropolitanas que sostiene.

Ahí la idea de "prioridad porteña" deja de ser solamente administración y empieza a parecerse, como metáfora política, a una arquitectura de ciudadanía escalonada: los de adentro primero, los de afuera después.

No es apartheid jurídico, porque las categorías históricas importan y no conviene banalizarlas. Pero sí hay una voluntad explícita de construir una frontera interna allí donde la vida económica funciona como una sola ciudad. Jorge Macri puede convertir al Conurbano en villano electoral. Hasta puede resultarle rentable. El problema es que los villanos también tienen botones.

Y del lado bonaerense hay uno enorme, con olor difícil de disimular: cada noche, mientras algunos porteños imaginan que la General Paz separa dos mundos, sus bolsas de basura la cruzan sin pedir prioridad.

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