
“Los chicos están solos”: fuerte informe revela el colapso social en escuelas del Conurbano
El timbre suena a las siete de la mañana, pero en muchas escuelas del conurbano bonaerense la jornada empieza mucho antes. Antes de enseñar matemática o lengua, hay que resolver otras urgencias: conseguir comida para una familia, intervenir en una pelea, llamar a una guardia psiquiátrica, acompañar a una madre desesperada o gestionar un turno médico que nunca llega.
En buena parte de los barrios populares del Área Metropolitana de Buenos Aires, la escuela dejó de ser solamente una institución educativa. Hoy funciona, también, como comedor, refugio emocional, oficina social, espacio sanitario y último sostén comunitario.
Ese escenario aparece retratado en “Escuelas desbordadas. Criar, crecer y educar en barrios populares”, una investigación elaborada por Gonzalo Elizondo y Daniel Hernández para el Instituto Universitario CIAS y Fundar.
El trabajo pone números y testimonios a una realidad que docentes, directivos y familias del conurbano conocen desde hace años, pero que rara vez logra instalarse con profundidad en el debate público.
El estudio relevó escuelas públicas y hogares de Quilmes, Tres de Febrero, San Miguel, Florencio Varela, Malvinas Argentinas y distintos barrios de la Ciudad de Buenos Aires. A través de encuestas, entrevistas y grupos focales, reconstruye cómo viven los adolescentes de sectores populares y qué lugar ocupa hoy la escuela dentro de esa trama social atravesada por la precariedad.
Uno de los datos más duros del informe muestra que el 42% de los jóvenes de entre 19 y 24 años abandonó la escuela secundaria. Entre quienes continúan cursando, el 59% tiene sobreedad y más de una cuarta parte arrastra al menos dos años de retraso escolar.
Sin embargo, incluso entre quienes dejaron, la idea de terminar sigue presente. El título todavía conserva valor simbólico en los barrios populares. No necesariamente como promesa de ascenso social, pero sí como una herramienta mínima para entrar al mercado laboral formal.
La dificultad es que sostener la escolaridad se volvió cada vez más complejo. En muchas escuelas faltan docentes, se suspenden horas por problemas edilicios o no hay equipos suficientes para contener situaciones extremas. Una directora entrevistada para el trabajo reconoce que prácticamente no existe una semana completa con todas las materias cubiertas.
Pero el problema ya no es únicamente pedagógico. El informe habla directamente de una “pandemia silenciosa” de salud mental adolescente. Más de la mitad de los jóvenes consultados aseguró haber sufrido ansiedad y el 37% manifestó atravesar cuadros depresivos.
En paralelo, los equipos de orientación escolar trabajan completamente saturados. En algunos casos relevados hay apenas dos profesionales para más de seiscientos alumnos.
En las escuelas aparecen autolesiones, ataques de pánico, situaciones de violencia familiar, consumos problemáticos y chicos que llegan emocionalmente quebrados. Docentes y preceptores describen jornadas donde muchas veces el objetivo principal deja de ser enseñar contenidos para convertirse, simplemente, en evitar que alguien se caiga del sistema.
La crisis económica también atraviesa las aulas. El 79% de los jóvenes empezó a trabajar antes de los 18 años y más de un tercio lo hizo antes de los 16. Muchos faltan para cuidar hermanos menores o acompañar tareas domésticas mientras sus madres trabajan. En hogares monoparentales, especialmente encabezados por mujeres, los adolescentes terminan ocupando roles de adultos antes de tiempo.
“Los chicos están solos” es una de las frases que más se repite en el informe. Y no aparece dicha desde la condena, sino desde el agotamiento de familias que viven entre changas, viajes eternos, alquileres impagables y vínculos cada vez más frágiles.
El trabajo también muestra una desigualdad menos visible: no todas las escuelas públicas cuentan con las mismas herramientas para enfrentar estos escenarios. Algunas logran sostener equipos sólidos y redes comunitarias; otras quedan completamente desbordadas y pierden docentes que buscan contextos menos hostiles. La segmentación educativa ya no pasa sólo entre privado y estatal, sino dentro del propio sistema público.
Aun así, en medio del desgaste, siguen existiendo escenas que explican por qué muchas escuelas continúan funcionando como corazón del barrio. Docentes que compran útiles de su bolsillo. Preceptoras que acompañan a estudiantes a una guardia médica. Directivos que organizan ollas populares o buscan becas para evitar otra deserción.
En el conurbano, muchas veces, la escuela no salva únicamente trayectorias educativas. También sostiene vidas.


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