De Rafael Calzada a Parma: un pizzero del sur en la gloria mundial

Ezequiel Ortigoza, maestro pizzero de Almirante Brown, se quedó con el segundo puesto en el Mundial de la Pizza en Italia. Su rutina de freestyle combinó técnica, fuego y precisión quirúrgica, y lo dejó a un punto del primer lugar. Zona sur en escena global.
Región 06/05/2026

NOTA 2En Parma, donde la tradición pesa como un linaje, un nombre del conurbano sur se metió en la conversación grande de la gastronomía internacional. Ezequiel Ortigoza, nacido y formado en Rafael Calzada, llevó su oficio al límite y quedó a un solo punto del título en el Campeonato Mundial de la Pizza. No es un detalle menor. Es la diferencia mínima entre tocar la cima y quedarse mirándola de cerca, con la certeza de que el camino está bien trazado.

 

Su presentación en la categoría freestyle no fue solo una exhibición técnica. Fue una escena. Una coreografía de tres minutos donde la masa dejó de ser alimento para convertirse en lenguaje. Ortigoza hizo girar sobre su cabeza una pieza de seis kilos y un metro y medio de diámetro. Después sumó fuego. Literal. No como efecto vacío, sino como decisión estética y riesgo calculado. En ese punto, el oficio se vuelve espectáculo y la cocina entra en diálogo con el cuerpo.

 

El jurado lo entendió así. Lo puntuó con 484, apenas por debajo del ganador que alcanzó 485. La distancia es ínfima, pero también reveladora. En este tipo de competencias, donde la precisión convive con la exposición total, un error mínimo puede alterar el resultado. Y aun así, lo que queda es la impresión. Y la impresión fue contundente.

 

Ortigoza no llegó a Parma por intuición. Empezó a los 15 años, ayudando a su padre, en una lógica muy del sur, donde el oficio se hereda y se pule con tiempo. Con los años, sumó títulos en plazas exigentes como Las Vegas y Nápoles. Conoce el circuito, sus reglas y sus trampas. Sabe que cada rutina se entrena durante meses para existir apenas unos minutos.

 

El freestyle de la pizza tiene algo de disciplina silenciosa y algo de vértigo escénico. Hay que coordinar con la música, sostener la energía, ejecutar trucos complejos sin margen de error. No hay red. Por eso, cuando el resultado queda tan cerca, no se vive como derrota. Se transforma en impulso.

 

A los 36 años, Ortigoza pensó en retirarse de esta categoría. El desgaste físico es real. Pero Parma le dejó una cuenta pendiente. No es solo un trofeo. Es cerrar un ciclo en el mismo lugar donde hoy se mide con los mejores del mundo. Y hacerlo desde Rafael Calzada, desde ese sur que muchas veces queda fuera del mapa global, pero que cuando aparece, lo hace con identidad propia.

 

Hay algo profundamente contemporáneo en esa imagen. Un pizzero del conurbano, con trayectoria internacional, que decide volver una vez más para perfeccionar su técnica y despedirse en la cima. No desde la nostalgia, sino desde la búsqueda.

Porque a veces la diferencia entre ser segundo y ser primero es un punto. Y otras veces, es una historia que todavía no terminó de escribirse.

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