
Asesinaron a un estudiante de la UNLZ en San José
La noche cayó como tantas otras en San José, pero esta vez dejó una marca difícil de borrar. Agustín Andrés Rivero, 21 años, estudiante de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, fue asesinado en medio de un asalto en la esquina de Dinamarca y Erickson. La secuencia fue breve, brutal, conocida. Un auto oscuro, un grito, un intento de sobrevivir. Después, el disparo.
Los atacantes bajaron de un Volkswagen Voyage negro. No hubo rodeos. Le exigieron sus pertenencias. Agustín entregó la mochila. El celular, en cambio, se volvió el límite. Un gesto mínimo, casi instintivo, terminó en violencia extrema. Uno de los agresores apuntó y disparó. El balazo entró a la altura de la cintura. La escena se desarmó en segundos.
Un vecino lo llevó de urgencia al Hospital de Diagnóstico Inmediato Roberto Sánchez, en Banfield. No alcanzó. La muerte llegó antes que cualquier posibilidad de respuesta médica. Lo que siguió fue el silencio pesado de los pasillos, la llamada a la familia, la confirmación que nadie quiere dar.
Una muerte que excede el hecho
Agustín no era un número. Estudiaba Administración de Empresas y Despachante de Aduana. Tenía una rutina, un proyecto, una vida en construcción. Su asesinato golpeó de lleno a la comunidad universitaria, que rápidamente expresó dolor y exigió respuestas. Pero también expuso algo más profundo: la naturalización de escenas que se repiten.
En el conurbano, el delito ya no irrumpe, convive. Se filtra en la vida cotidiana, en el trayecto a casa, en una esquina cualquiera. Y muchas veces, la línea entre el robo y la muerte es demasiado fina.
La investigación quedó en manos de la Justicia, que ahora busca identificar a los responsables y reconstruir el recorrido del vehículo. Pero en paralelo, vuelve a abrirse una pregunta incómoda: cuánto vale una vida en territorios donde la violencia se volvió paisaje.
El caso de Agustín Rivero no es un hecho aislado. Es una señal. Una más. Y en esa acumulación, lo que se erosiona no es solo la seguridad, sino la idea misma de futuro. Porque cuando estudiar, trabajar o volver a casa implica riesgo, lo que está en juego ya no es solo el presente. Es todo lo que viene después.






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