
Ansiedad, bronca y hartazgo: el clima emocional se deteriora en el AMBA

En el AMBA, la crisis económica ya no solo se mide en números: se siente en el ánimo cotidiano. Un estudio de la UBA advierte que crece el malestar emocional, con una sociedad atravesada por la incertidumbre, la preocupación y el desgaste sostenido.
La presión por llegar a fin de mes, la inestabilidad laboral y la falta de horizonte impactan de lleno en la salud mental. Con más del 80% de las personas señalando a la economía como factor central de su bienestar, el deterioro deja de ser una percepción aislada y se convierte en un clima social extendido, donde la angustia gana terreno y la esperanza empieza a perder fuerza.
Quienes viven en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) transitan el momento del país con un clima emocional cada vez más negativo, marcado por incertidumbre, preocupación y el cansancio, según un estudio realizado por el Observatorio de Psicología Social Aplicada (OPSA) de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.
La encuesta, que abarcó a 1.505 residentes adultos de la Ciudad y el Gran Buenos Aires en abril, revela señales del profundo desgaste y una percepción social atravesada por la crisis económica y la polarización política.
La investigación pone en primer plano la centralidad del malestar económico, y su impacto en la salud mental. “El 83% afirma que los problemas económicos tienen mucha o bastante importancia en su bienestar psicológico.
Este indicador, que ya era elevado en la ola anterior, se intensifica, consolidando la centralidad del factor económico como organizador del malestar subjetivo”, señala una de las conclusiones del informe, a cargo de Gustavo González, director del OPSA.
En términos de bienestar general, la autopercepción muestra una tendencia al franco deterioro. Casi la mitad de los encuestados (46%) dice encontrarse algo o mucho peor que hace un año, frente a apenas un 36% que percibe una mejora real. La sensación contrasta con la situación de equilibrio que existía en informes previos. Por otro lado, una similar proporción de personas (49%) piensa que su situación económica personal estará aún peor dentro de doce meses, y un 48% se define como algo o muy pesimista sobre su futuro económico.
“A diferencia de la medición anterior, emerge un desplazamiento relevante: el clima emocional general se torna más negativo, con una mayor centralidad de la incertidumbre, la preocupación y el malestar”, apunta el Termómetro Psicosocial y Económico Nº3 del observatorio.
El estudio detectó a las personas consultadas que, al pedirles que definan su estado de ánimo con una palabra, las respuestas más frecuentes fueron “incertidumbre”, “bronca”, “reflexión”, “tristeza” y “hartazgo”.
La intensidad emocional es sostenida. Entre los estándares académicos relevados para el estudio, la preocupación obtiene un promedio de 4,0 (sobre 5), seguida de incertidumbre (3,9), ansiedad (3,4) y tristeza (3,2), todas muy por delante de sensaciones positivas como tranquilidad (2,3) o confianza (2,4). La esperanza aún está presente, aunque dejó de ser el sentimiento dominante.
Los temas individuales de mayor preocupación también giran en torno a la economía: espontáneamente se mencionan junto a la incertidumbre, inseguridad, desempleo, pobreza y salud. Al pedir por las principales preocupaciones personales o familiares, destacan: “que el país siga en decadencia” (53%), “no llegar a fin de mes” (52%), “mi futuro laboral” (46%) y “no poder realizar mis proyectos” (44%).
El informe también indaga sobre “prioridades defensivas” ante la situación socioeconómica, que se manifiestan con fuerza. Ante una posible caída de ingresos, el 83% de los hogares recortaría en ocio y salidas, el 74% en vestimenta y el 57% en mantenimiento del hogar, pero solo el 14% reduciría gastos en salud y apenas el 5% en educación para los hijos.
“Esto revela la existencia de jerarquías simbólicas en el consumo, donde ciertos bienes son percibidos como irrenunciables incluso en contextos críticos”, consigna el reporte de la Facultad de Psicología de la UBA.
La presión financiera convive con cierto grado de resiliencia. El 24% declara estar muy o bastante endeudado, mientras el 47% afirma no registrar deudas con el sistema financiero.


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