
Zona Sur le da la espalda a Milei y consolida a Kicillof como referente

Conurbano, poder e imagen presidencial
El poder no se declama, se mide. Y cuando se mide en el Conurbano bonaerense, la escena es incómoda para la Casa Rosada. El último relevamiento de CB Global Data, dirigido por el analista Cristian Buttié, confirma lo que en la rosca ya se murmura sin micrófono: Javier Milei tiene un problema serio de imagen en el territorio donde vive y vota casi el 40 por ciento del padrón nacional.
Entre el 4 y el 8 de febrero, CB entrevistó entre 727 y 919 vecinos en cada uno de los 24 municipios del Conurbano, con un margen de error de entre 3 y 4 por ciento. Los números no dejan margen para la épica libertaria. El Presidente termina con saldo negativo de imagen en los 24 distritos relevados. En 14 de ellos, la valoración negativa supera los 60 puntos. No se trata de pueblos chicos ni de distritos marginales. Son La Matanza, Lomas de Zamora, Merlo, Florencio Varela, Moreno y Quilmes. El corazón demográfico, social y electoral del Gran Buenos Aires.
La lectura geográfica es tan clara como brutal. A Milei le va mal, o muy mal, en el Sur del GBA. Resiste con dificultad en algunos enclaves del Oeste. Recién en el Norte aparece un desempeño aceptable. El problema es que el Norte no alcanza para construir hegemonía. Sirve para equilibrar discursos, no para ganar elecciones.
El mapa invertido del poder
Axel Kicillof juega el partido inverso. Sin números de celebridad, sin picos de adoración, pero con una consistencia territorial que Milei no logra perforar. El gobernador tiene saldo positivo de imagen en seis municipios clave: Florencio Varela, La Matanza, Almirante Brown, Avellaneda, José C. Paz y Malvinas Argentinas. Y sólo supera los 60 puntos de rechazo en dos distritos del Norte históricamente adversos al peronismo: San Isidro y Vicente López.
Donde uno cae, el otro crece. Donde Milei concentra rechazo, Kicillof encuentra refugio político. No es casual. Es estructura. Es historia. Y es presente. El Conurbano no vota slogans, vota experiencia material. Transporte, empleo, tarifas, comida, escuela y hospital. El ajuste abstracto puede seducir en redes, pero en el territorio se traduce rápido en malestar concreto.
Este peso específico quedó expuesto en las legislativas bonaerenses de septiembre, cuando los intendentes del PJ se alinearon sin medias tintas y Fuerza Patria ganó con holgura. En octubre, con la elección nacional hiperpersonalizada y el fantasma de una vuelta del kirchnerismo agitado hasta el hartazgo, el Gobierno logró revertir el resultado. Dos elecciones, dos climas, dos electorados activados de forma distinta.
El mano a mano que incomoda
Cuando la encuesta baja al duelo directo, el escenario se vuelve todavía más áspero para el Presidente. Kicillof se impone a Milei en 20 de los 24 municipios del Conurbano. La lista no es menor: Almirante Brown, Avellaneda, Berazategui, Escobar, Esteban Echeverría, Florencio Varela, General San Martín, Hurlingham, Ituzaingó, José C. Paz, La Matanza, Lanús, Lomas de Zamora, Malvinas Argentinas, Merlo, Moreno, Morón, Quilmes, San Fernando y San Miguel.
Hay distritos donde la diferencia supera los 20 puntos. Almirante Brown, Florencio Varela y La Matanza funcionan como verdaderos bastiones. No por romanticismo ideológico, sino por densidad social y política. El gobernador logra ahí algo que Milei no consigue: empatía mínima, previsibilidad y un relato que no choca frontalmente con la vida cotidiana.
El Presidente sólo gana en cuatro partidos: Pilar, San Isidro, Tigre y Vicente López. Y apenas en San Isidro la brecha supera los 15 puntos. Un triunfo concentrado, socialmente homogéneo y territorialmente limitado. Potente para la foto, insuficiente para la gobernabilidad ampliada.
Cuando CB comparó los números a nivel provincial, la diferencia se achicó. Kicillof 47 por ciento, Milei 41,2. Apenas 5,8 puntos. Eso explica otra capa del fenómeno: el Presidente compensa en el interior bonaerense parte de la paliza que recibe en el Conurbano. El problema es que las elecciones no se ganan con promedios, se ganan con votos concentrados.
La política, como en House of Cards, no se define por quién grita más fuerte, sino por quién entiende mejor dónde está parado. Milei gobierna desde la épica del outsider, pero el Conurbano no compra relatos sin anclaje territorial. Kicillof, con menos show y más estructura, juega el juego largo. Y en ese tablero, el Presidente descubre una verdad incómoda: sin el Conurbano, el poder siempre es prestado.



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