El ajuste lo paga el salario: derrumbe récord en dólares

En dos años de gestión, Argentina quedó al fondo del ranking regional de salarios en dólares y perforó niveles de poder adquisitivo inferiores a 2001. Mientras el Gobierno celebra la desaceleración inflacionaria, las señales de presión alcista reaparecen. Desde diciembre de 2023 la caída supera el 30% de poder de compra.

Actualidad 18/11/2025
NOTA

Crisis salarial y presión inflacionaria

 

En la Argentina del experimento libertario, donde la épica oficial promete que la austeridad “liberará fuerzas creativas”, la economía real exhibe otro guion: el salario funcionó como amortiguador del programa y como principal moneda de negociación entre la política, el mercado y la calle. Bajo esa premisa, el país quedó ubicado en un sitio incómodo -y sintomático- del tablero regional: con apenas 225 dólares mensuales, el salario mínimo argentino es el más bajo de Hispanoamérica, incluso por debajo de Bolivia y Paraguay. No es un accidente: es una decisión de política económica.

 

Desde diciembre de 2023, el poder adquisitivo del Salario Mínimo, Vital y Móvil perdió alrededor del 30%, una caída que perforó incluso los niveles previos al estallido de 2001. El desplome inicial -15% en diciembre y 17% en enero- no fue compensado en los meses siguientes. El ajuste dejó un tendal: dos tercios de la población con ingresos por debajo de la media y más del 75% de los hogares con ingresos per cápita insuficientes para cubrir la canasta ampliada.

 

En paralelo, los salarios registrados tampoco escaparon al torniquete. En septiembre, con una inflación del 2,1%, los trabajadores privados aumentaron apenas 1,4% sus ingresos y los estatales 1,1%. La película es clara: la política monetaria restrictiva, el ordenamiento de precios relativos y la licuación del gasto se sostuvieron sobre la contracción del consumo masivo. No hubo milagro: hubo ancla nominal.

 

La paradoja es que ese ancla -que funcionó para desacelerar precios- empieza a mostrar fisuras. La caída prolongada del consumo frenó parte de la inercia inflacionaria, pero no pudo modificar la estructura de costos que recorre energía, combustibles, transporte y servicios. Octubre marcó un punto de inflexión: la inflación volvió a acelerar levemente, empujada por tarifas, alquileres y combustibles, y noviembre mantiene el sesgo ascendente.

 

Cuando el ancla se desgasta

La narrativa oficial sostiene que la inflación baja por primera vez en años gracias a una política monetaria férrea y un tipo de cambio “creíble”. Sin embargo, las consultoras privadas empezaron a detectar un fenómeno incipiente: el piso del ajuste está tocando su nivel de saturación. Con ventas en retroceso y salarios exhaustos, los precios vuelven a reaccionar ante el mínimo movimiento de tarifas o insumos.

 

PxQ midió una suba del 1% en la segunda semana de noviembre, proyectando una inflación mensual del 2,5%. El dato no es dramático, pero sí sugestivo: marca un punto de quiebre en la estrategia de contención. Vivienda lideró el incremento por la suba de alquileres y gas; le siguieron electricidad y agua en el GBA. El transporte -impulsado por combustibles y tarifas públicas- ocupó el segundo lugar. Los alimentos, que habían moderado su dinámica durante el año, retomaron una trayectoria ascendente, especialmente en carnes.

 

La carne vacuna es un caso paradigmático. Tras un semestre de calma 

relativa, el precio mayorista pegó un salto del 15% y el mostrador lo trasladó de inmediato: subas del 3,8% en cortes traseros y 1,1% en delanteros. En un año, según estudios sectoriales, la proteína aumentó 61,8% interanual, superando holgadamente al índice general. A la larga, la economía siempre encuentra una forma de expresar sus tensiones.

 

La administración actual interpreta estas señales como “ruido” temporal, atribuible a correcciones puntuales y estacionalidad. Sin embargo, lo que las cifras sugieren es otra cosa: la desaceleración inflacionaria no descansa sobre mejoras productivas ni sobre un shock de oferta, sino sobre la demanda comprimida. Cuando la demanda no puede ajustarse más -porque está al límite biológico y social- los precios retoman su dinámica previa.

El punto político es evidente: si el salario fue la base del ancla y el salario ya no puede bajar, el ancla empieza a perder eficacia.

 

En los pasillos del poder, esta tensión se percibe con nitidez. Los operadores económicos admiten en voz baja que el escenario 2026 no tendrá la comodidad estadística del primer año del programa. Sin la “licuadora” inicial, la inflación reprimida podría requerir nuevas rondas de corrección. Y cada corrección exige lo que hoy escasea: paciencia social, ingresos que resistan y gobernabilidad para administrar costos.

 

El experimento económico del gobierno apostó a una verdad incómoda y brutal: usar el salario como variable de ajuste no solo era más rápido que ordenar la macroestructura, sino también políticamente más viable en un país acostumbrado a sobrevivir a golpes de crisis. Pero incluso las estrategias más audaces tienen su frontera. Cuando los bolsillos no dan más, la macro deja de ser un debate técnico y se convierte en un conflicto moral y político.

 

La moneda de cambio fue el salario. Y ahora, como en toda jugada de alto riesgo, llega el momento en que el tablero empieza a pedir resultados que no se compran con épica: se compran con ingresos reales y con la capacidad de que la sociedad sienta que el sacrificio —siempre el sacrificio— tiene un sentido. Hoy, esa garantía está lejos.

 

El salario mínimo argentino cayó a 225 dólares y es el más bajo de toda Hispanoamérica.

 

 

La inflación muestra signos de aceleración por tarifas, combustibles y alimentos, marcando el desgaste del ancla salarial.

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