
Las familias se endeudan para comer y aumenta la morosidad

El país que no miramos
La macro ocupa los titulares, pero la microeconomía marca el pulso real. Y ahí los datos son contundentes: la morosidad en los créditos a familias alcanzó en julio el 5,7%, el valor más alto en 15 años. No es una cifra técnica, es una radiografía de la cocina de cada hogar: la tarjeta para pagar la comida, el préstamo personal para llegar a fin de mes, el mínimo que se renueva con intereses impagables. Argentina se endeuda hoy no para crecer, sino para comer.
La tendencia viene en escalera ascendente: nueve meses consecutivos de aumento en la irregularidad. En diciembre de 2024, la mora en préstamos personales era del 3,28%; hoy está en 7,19%. Las tarjetas de crédito saltaron de 1,74% a 4,85%. Los adelantos, de 1,58% a 2,69%. La fotografía es clara: el sobreendeudamiento ya no es excepción, es norma.
La clave está en el destino de ese crédito. No se trata de familias tomando préstamos para un auto o una refacción, sino para cubrir consumos inmediatos: alimentos, artículos de higiene, canasta básica. Según datos de la UBA, el 46% de las compras se financia con tarjeta. Un año atrás era el 39%. Esa diferencia son changuitos en cuotas, no proyectos de inversión. Es la demostración empírica de la pérdida del poder adquisitivo de los ingresos.
La micro que nadie ve es la que define el humor social. Cuando la política habla de déficit cero y metas fiscales, la mayoría discute si llega con el sueldo a cubrir la luz y el supermercado. Esa distancia se traduce en bronca y, tarde o temprano, en votos. Lo vimos en las elecciones bonaerenses: el termómetro de la economía cotidiana fue más fuerte que cualquier cadena nacional.
Todos golpeados
El deterioro también golpea a las empresas, aunque en menor medida: su morosidad pasó de 0,74% a 1,18% en el mismo período. El mensaje es doble: la economía se enfría y las familias son el primer fusible. Cuando los hogares dejan de pagar, los bancos endurecen condiciones, se retrae el crédito y la recesión se profundiza. Es un círculo vicioso que ningún swap internacional revierte.
La paradoja es que los créditos hipotecarios, históricamente inaccesibles para la mayoría, mantienen tasas de mora bajas, en torno al 1%. No porque las familias tengan más espalda, sino porque casi no existen nuevos préstamos de ese tipo. La Argentina de 2025 expone así su fractura: una clase media sin acceso al crédito productivo, pero atrapada en la telaraña de las deudas de consumo.
El Gobierno mira estas cifras como un problema técnico, pero en realidad son un problema político. Una sociedad que se endeuda para comer no compra relatos de “recuperación en 2026”. Y una morosidad récord no se corrige con marketing ni cadenas nacionales: se corrige con salarios que alcancen y con una política económica que mire la mesa antes que la planilla de Excel.
La micro que nadie ve ya empezó a votar. Y su voto es más fuerte que cualquier índice de riesgo país. Porque cuando el ajuste se come el changuito, se come también la legitimidad.


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